“Desde los primeros tiempos de la conquista de México, los historiadores y misioneros católicos mencionan el Peyotl como una «raíz diabólica», por sus propiedades embriagantes y alucinógenas. Por estos mismos historiadores y misioneros se sabe que los Toltecas, predecesores de los Aztecas, usaban esa droga desde hacía mucho tiempo. Fray Bernardino de Sahagún, arribado a

Arte indígena huichol. Véanse las imágenes del cactus Peyotl. Tradicionalmente, los mara'kames (sacerdotes, curanderos, chamanes) huicholes crean magistrales obras de arte llamadas nierika, que son representaciones cosmogónicas trabajadas con una paciencia admirable y una perfección casi divina. Pero nierika no sólo es el término que se utiliza para nombrar estas preciosas obras de arte hechas con hilos (estambres) o cuentas (chaquiras), sino un término asociado con un amplio conjunto cultural, social y ritual que contiene tanto las manifestaciones materiales como las significaciones espirituales que rigen la vida de los huicholes.
México en 1529, lo describe así: «Hay una planta que recuerda la trufa; se llama Peyotl, es de color blanco y se produce en las regiones más septentrionales del país. Los que la comen ven cosas sorprendentes y risueñas. Esta ebriedad dura dos o tres días, y después desaparece. Esta planta es de consumo habitual por los chichimeca; los sostiene y les da coraje para el combate, poniéndolos al abrigo del temor, de la sed y del hambre». «El uso de esta droga estaba en manos de los adivinos y de las brujas, y especialmente de los portadores de encantos».
Los misioneros cristianos del tiempo de la conquista tuvieron grandes dificultades para combatir el uso del Peyotl. Así, León y Gama, en 1611,
formulaba a los niños que iba a convertir toda una serie de preguntas: «¿Crees en los sueños? ¿Haces círculos y figuras en el agua? ¿Conoces las fórmulas de los adivinos para tener suerte en la caza? ¿Bebes la sangre de los otros? ¿Has bebido Peyotl o hecho beber a otros, para conocer secretos y saber dónde están las cosas perdidas?».
El padre Ortega, refiriéndose al Peyotl, decía que los Cora, «al festejar por septiembre la recolección de la cosecha de maíz, la bebían molida, para no decaer al quebranto de tan larga función». Y el padre Arlegui, refiriéndose a las costumbres de los indios que gobernaban los franciscanos de Zacatecas, dice: «La raíz que más veneran es una llamada Peyote, la cual muelen y beben en todas las enfermedades; y no fuera esto tan malo si no abusaran de sus virtudes, porque para tener conocimiento de lo futuro y saber cómo saldrán las batallas, la beben deshecha en agua; y como es tan fuerte, les da una

Los Indígenas Huicholes provienen del Oeste central de México, viven en lugares retirados de la Sierra Madre Occidental en los Estados de Nayarit y Jalisco. El origen de su arte radica en una tradición ancestral: la transcripción física de las imágenes visualizadas por los chamanes, inducidas por la ingestión del Peyote (Peyotl), su cactus sagrado, permitiéndoles franquear el umbral de lo desconocido y así relacionarse con lo divino. Estas hermosas obras de arte son hechas con chaquiras ó con hilo (estambre), cada una lleva simbólicos motivos, historias y leyendas de su cosmogonía que nos ofrecen un panorama de la sociedad Huichol.
embriaguez con resabios de locura, y a todas las imaginaciones fantásticas que les sobrevienen con la horrenda bebida, las cogen como presagios de sus designios, imaginando que la raíz les ha revelado futuros sucesos. Lo peor del caso es que no sólo los bárbaros ejecutan esa diabólica superstición, sino que aun entre los indios domésticos dura este infernal abuso…». «Sucede aún entre los indios políticos, que los padres cuelgan a sus hijuelos unas bolsillas y dentro de ellas, en lugar de los cuatro evangelios, que ponen a los niños en España, meten en él, Peyote; y preguntando de sus virtudes, dicen sin empacho ni vergüenza, que es admirable para muchas cosas, pues con ellas saldrán sus hijos, diestros toreadores, ágiles para domar caballos y de buenas manos para domar novillos de suerte que; juzgan que los que se crían con esta hierba al cuello, son aptos para todo propósito».
El padre Arias menciona que el Peyotl era tenido por los Cora como creación del genio que designaban con el nombre de ñaycuric, y su ingestión les servía para tener comunicación con él.
Desde entonces hasta nuestros días, el uso del Peyotl ha continuado entre los nativos mexicanos, extendiéndose a fines del siglo pasado a los indígenas de los Estados Unidos. En México es usado especialmente entre los indios de las
regiones de estepa, los Huicholo, los Cora y los Tarahumaro. El nombre Peyote o Pellote es el corriente en México, pero en cada una de las tribus recibe un nombre especial. Así, por ejemplo, los Tepehuanos de Durango lo llaman Kamaba; los Huicholes de Jalisco, Hicouri; los Tarahumaro de Chihuahua le añaden la palabra Honanamé (que significa «superior»). Los Cora le dan el nombre de Houatari; los Comanches, Wokowi; los Mescaleros, Ho; los Kiowa de los Estados Unidos, Señi, etcétera.
Karl Lumholz, en 1894, refería que para ellos el uso del Peyotl constituye una de las características más importantes de sus religiones cuyos mitos están
muy poco alterados, pues reproducen en lo esencial lo descripto hace más de cuatrocientos años por Bernardino de Sahagún.
Relatos transmitidos oralmente desde tiempos inmemoriales hacen aparecer el Peyotl en las leyendas de la mitología indiana, vinculándolo con sus grandes hechos históricos. De acuerdo con ellos Jean Genet, en su Histoire des peuples Shosones Aztéques, ha reconstruído así uno de los orígenes atribuidos a la difusión del Peyotl: «Ciertas tribus Sonorianas, los Guachichiles, ocupaban en los tiempos antiguos un inmenso territorio representado hoy día por los Estados de San Luis de Potosí, de Zacatecas y de Coahuila, en Méjico. En una época
desconocida se produjo una escisión en sus creencias religiosas: un profeta llamado Majakuagy y sus partidarios huyeron, pero sus enemigos los persiguieron y se encarnizaron con ellos, llegando a atrapar al profeta y a sus partidarios en un lugar llamado Rhaitomuany. Allí los maltrataron, los desvalijaron y rompieron todos los utensilios que les servían para recoger agua y preparar los alimentos, y después los abandonaron a su suerte. Entonces Majakuagy suplicó a los dioses y éstos, compadeciendo de sus infortunios, transformaron los restos de sus utensilios en una planta maravillosa dotada de propiedades sobrenaturales, que tenía la virtud de poner a los que la usaban al abrigo del hambre y de la sed, durante un tiempo considerable. Así sostenidos por la maravillosa planta ritual, Majakuagy y sus partidarios se pudieron en marcha y llegaron a la tierra de Nayarit de la que resolvieron
hacer la conquista. Posteriormente Majakuagy impuso como costumbre ritual una peregrinación anual a Rhaitomuany, para recoger ceremonialmente el Peyotl, durante la celebración de pantonimias religiosas». Esta ceremonia se celebra aún en nuestros días.
León Diguet consigna que las prácticas religiosas relativas al uso del Peyotl, en las épocas precolombinas, conservan una relativa pureza entre los indígenas de la Sierra de Nayarit. Como se sabe, esta región está habitada por dos tribus, los Cora y los Huicholo. La tribu de los Cora, en gran parte cristianizada, ha abandonado las prácticas rituales del Peyotl. En cuanto a los Huicholo, conservan en su mayor parte su antigua religión y la fiesta de la recolección reviste anualmente los caracteres de una solemne peregrinación religiosa,
acompañada de abstinencias y preceptos rigurosos.
Cada año los Huicholo se unen con los Cora que aún no se han cristianizado y a veces con los Tepehuone en el templo de Santa Catalina y se dirigen a la meseta de Nayarit, toman un baño ritual y se despiden de sus mujeres, absteniéndose de toda ablución y de todo contacto sexual hasta que termina la recolección y la fiesta que al retorno se celebra. Son conducidos por un jefe elegido al efecto y la expedición dura alrededor de un mes entre ida y vuelta. En cada día de viaje se efectúa una etapa, las que son siempre iguales y representan las etapas de la peregrinación histórica inicial.
Antiguamente el sitio de la recolección era el lugar llamado Rhaitomuany, situado entre el Real de Catorce y San Luis de Potosí. En la actualidad la expedición llega habitualmente a un lugar más cercano, llamado Mojonera.
Durante los últimos cinco días de la expedición toman Peyotl como estimulante y en el estado de suma excitación producido por el tóxico, el ayuno y las ceremonias religiosas, efectúan la recolección de los cactus que emplean.
Como, al igual que las otras cactáceas, el Peyotl no es una planta anual, tienen cuidado de no extinguirla, seccionando solamente una parte y dejando su pivot, sobre el cual, en la superficie de sección, vuelven a crecer varios mamelones que permiten las recolecciones posteriores.
Los Huicholo distinguen tres tipos de Peyotl; dos principales y el tercero de una especie próxima. De los dos tipos principales, uno tiene el sabor más amargo y efectos más activos; estaría bajo la dependencia de los dioses, y lo
llaman Tzinouritehua-Hicouri. El otro, de sabor menos amargo, estaría bajo la dependencia de las diosas, y lo llaman Rhaitoumuanitarihua-Hicouri. Gosselin (de Niza), poseedor de una rica colección de cactáceas, ha obtenido de una misma semilla de Anhalonium Williamsii los dos tipos, que en realidad pertenecen a una misma especie botánica, aunque se diferencian por su aspecto exterior. La variedad más amarga y de principios más activos presenta unos mamelones más pequeños y más numerosos.
El Peyotl es un cactus sin espinas, con la forma de un pepino, cuya extremidad superior, semiesférica, sobresale de la tierra; su raíz en forma de tallo vertical tiene una longitud de diez a quince centímetros; crece en los sitios secos del Norte de Méjico.
EL PEYOTISMO INDÍGENA
Desde fines del siglo XIX el peyotismo se ha extendido a un gran número de tribus de las praderas norteamericanas bajo la forma curiosa de un movimiento religioso de carácter particular, que tiene como fundamento la ingestión del Peyotl para ponerse en comunicación con el Gran Espíritu y evadirse espiritualmente del mundo moderno con la organización que le han impuesto los blancos.
Entre los pueblos que se han dirigido al Peyote como a un libertador y a un
guía, se destacan los Delaware de Oklahoma.
La historia de los Delaware contiene las desdichas comunes a todos los indios a raíz del establecimiento de los europeos en el “nuevo mundo”: resistencia inútil, transmigración a tierras desconocidas y nada gratas y desintegración gradual bajo el sistema de las reservas. Cuando les llegó del Norte el culto del Peyotl, les trajo un lenitivo y una tregua para su abatimiento espiritual.
En el Peyotl los Delawares hallaron el medio de restablecer las antiguas relaciones con el “Gran Espíritu” que se estaban desvaneciendo, reintegrándoles un cierto grado de fortaleza espiritual. Es por esto que consideran el Peyotl como un dios que revela directamente sus enseñanzas al individuo sin la intervención del sacerdote, necesitando, únicamente, sujetarse a menudo a sus efectos, ingiriéndolo en comidas ceremoniales que constituyen las llamadas ceremonias de la “Gran Luna” y de la “Pequeña Luna”, descriptas con todos sus detalles en un libro notable publicado en los EE.UU. por Vicente Petrullo, con el sugestivo título de “The Diabolic Root”.
Petrullo, que ha convivido largo tiempo con los Peyotistas adeptos a esta religión resume así sus fundamentos: «No contienen ninguna forma profética sobre la extinción de los blancos ni el retorno a las condiciones precolombinas. Enseña la aceptación del nuevo estado de cosas y hace posible una actitud de resignación frente a la desaparición cultural y racial de diferentes tribus, insistiendo, sólo, en la necesidad de emanciparse de las aspiraciones mundanas». «La principal finalidad que tratan de obtener los indios, es un reino espiritual más elevado, situado lejos del poder de destrucción de los blancos».”[1]
[1] Pardal, Ramón (1998). Medicina Aborigen Americana. Buenos Aires: Renacimiento.


















